París: sin fronteras en el aire
Lo cierto que el cielo de París era tumultuoso y
sentía que arriba titiritaban de frío hasta los propios dioses. Recuerdo la
estampa de los edificios que están ubicados al frente, en el 21 boulevard de
Reuilly: elegantes, blancos, uniformes, con adoquines románticos, ventanales
decimonónicos, de unos seis pisos todos. Solía mirar los zamuros con
detenimiento; o quizás eran cuervos, lo dudo. Se apostaban en las
terrazas, justo en las barandas, vigilando la ciudad luz con un dejo de
tristeza y altivez. Los árboles eran flacos, rectos, ordenados, y abajo el
boulevard humedecido, perfecto para sentarse a leer los versos de Baudelaire y
Rimbaud. Dejarse caer en la piso, solo a contemplar. Ser el flâneur
invisible, uno de tantos, pero único e irrepetible.
Uno de esos días que fui de paseo con Adeline –si
mal no recuerdo era un viernes– había en el boulevard un mercado popular. Hacía
un frío y caía una llovizna insistente. Con todo, la gente se acercaba con sus
paraguas a llevarse las verduras, el pescado, las frutas. En la acera habían
charcos nítidos y sin hojas. Al subir la mirada por un segundo, supe que arriba
me miraba una nube. Sin embargo, no sé si es la misma que miro ahora por la
ventana. Pienso que las nubes son ciertas almas y es la libertad su prístino
canto. Si vino hasta aquí a visitarme, lo ignoro. De algo si estoy seguro:
cuando la miro así de cerca pienso que es el respirar el idioma que nos
suscita. Siento que no hay fronteras en el aire; mucho menos sueños sin
destinos aparentes.
CAM
Diario Personal
Caracas, 29 de marzo 2013.