Spinoza y la hambruna venezolana

Baruch Spinoza


Pensar en el ayuno. Reflexionar sobre la precariedad. Escribir sobre la vida austera. Sobre eso he pensado los últimos cuatro días. Se ha incrementado este deseo porque, lamentablemente, en la universidad se ha atrasado el pago de la quincena. Los rebusques tampoco satisfacen la angustia de la nevera vacía. Así que hay días inermes. Desde el viernes hemos comido gracias a mi cuñado y mi suegra. “Hay que saber recibir”, me dijo una amiga. Es verdad. En momentos como estos la caridad sale a relucir. Quiero pensar que sí, aunque también el egoísmo sale a flote.
        ¿Qué se sentirá comer solo lo suficiente para el día? Ya estoy entrando en el aura del ayuno monacal. No es una burla.  Frenar el deseo de comer, de buscar meriendas, de obtener al menos una fruta. Lo duro es que cuando abres la nevera, te asalta la tristeza. Solo agua y hielo, algún que otro tomate... Más nada. A veces hay que intentar no aproximarse a la nevera. Mejor dejar el agua afuera. ¿Qué se calienta? Mejor. Prefiero beberla a temperatura ambiente.  No ver las entrañas al refrigerador para no llorar.

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Spinoza, el filósofo de origen sefardí, llevaba una vida monacal. Cuentan los biógrafos que solo comía trozos de pan, agua, aceitunas e higos frescos. Su recogimiento filosófico lo separaba de todo lujo. Huía de reuniones palaciegas en la Holanda de Rembrandt. Su vida era apolínea, aunque en el orden de las ideas, otro gallo cantaría… La iconografía lo representa de tez pálida, cabello negro sobre los hombros; pero sus ojos y mejillas expresan lo ibérico: el brillo mediterráneo del vino. En una primera mirada, se puede ver la debilidad de su expresión. La flaquedad de lo místico. Adolece de rudeza irónica, de alboroto espontáneo. Paradójico: cuando se lee su obra, el pensamiento es llevado por múltiples caballos de fuerza. Es otro el Spinoza el de la Ética y de Tratado teológico y político.
        ¿Será que mi destino se refleja en el Spinoza ermitaño? Empiezo a sentir una debilidad extraña. Solo el yoga me alivia la crisis; estiro los músculos, respiro muchas veces, cierro los ojos, converso con el techo, apago las luces del cuarto. Me retiro en silencio a mi cuarto. Sin ruidos, sin gritos. ¿Cómo aceptar esta “purificación voluntaria”? Quiero seguir los pasos de Spinoza: la hidalguía trascendente. Eso supone llevar con fuerza el exilio interior. Transformar la carestía en algo especial. Sé que es una locura; una parte de mi grita, huye de esta ruta colectiva que ya muchos han adoptado. Yo lo he venido aceptando para no desesperarme.
       
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Rembrandt
Reprimir los deseos, sustraer los bocados. Ahora mastico con más cuidado, disfrutando del alimento, agradeciéndole a los Dioses, no sé por qué. Lo que me cuesta superar es la ausencia del azúcar refinada. ¿Cómo superar el café amargo? Nunca pensé que lo iba a intentar. Ya llevo semanas tomándolo. Cuando siento el regaño en el paladar, algo de mí muere. Pero pienso, inmediatamente, en no saborearlo. Lo injiero a ciegas, aceptando el flagelo medieval. Sé que es algo santurrón. La carestía cristiana, el pesar, el dolor, el sacrificio. ¡Justo ahora que estoy estudiando a Nietzsche! (Por cierto: el alemán se refería a Spinoza como el "tísico"). 
        ¿Es el camino de la santidad una excusa para esconder la hambruna generalizada de mi país? Tal vez lo sea. No sé si me esté convirtiendo en un mártir. Ignoro si se seré canonizado por un dogma militante. Sigo queriendo transformar el sufrimiento en algo laxante. Buscar el aprendizaje espiritual e histórico a lo que estoy viviendo junto a mi familia. Siento que estoy perdiendo granos de felicidad. Aun así, no quiero verlo de frente, solo de costado, para no morirme más rápido. ¿Por qué el yoga justo ahora en mi vida? ¿No será que todo confluye al estilo de vida del monje? ¿Cómo aceptar despojarme de mis deseos por comida? Quizás deba leer más a los orientalistas… ¿Será eso el destino?

CAM
2017

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